Ojos enrojecidos, picores, piel seca… Es probable que alguna vez al poco de salir de una piscina hayas notado estos síntomas. La creencia común es que se trata de los efectos del cloro, y, aunque no va muy descaminada, habría que precisar que en realidad la culpable es la cloramina.

La cloramina, como puede deducirse de su nombre, es un compuesto derivado del cloro, que se forma al contactar esta sustancia con sustancias orgánicas presentes en el agua, como sudor, orina, insectos, hojas… No deja de ser un riesgo derivado de las piscinas mal cuidadas y que, además de picores y enrojecimiento, pueden derivar en asuntos más serios como asma u otras afecciones respiratorias. Los niños de hasta seis y siete años, que chapotean más que nadan, están más expuestos porque inhalan y tragan más partículas de agua con cloramina.

El compuesto, responsable también del olor a desinfectante, aparece en la piscina en las horas posteriores a la primera cloración.

Cómo eliminar las cloraminas

La única forma de acabar con ella es añadiendo más cloro, en un tratamiento de choque que, no obstante, debe ser controlado minuciosamente. El nivel de cloro libre (el que no se ha convertido en cloramina) debe estar entre los 0,6 y 1,5 miligramos por litro, con un nivel de pH entre 7,2 y 7,8. Lo más adecuado es comenzar con una dosis de 20 gramos de cloro de acción rápida por cada metro cúbico de agua, y continuar con un mantenimiento a base de cloro en tabletas o grano de manera que se mantenga siempre en la horquilla indicada.